martes, 21 de enero de 2014

Retomando, redisciplinando.


Antes que nada me encantaría quejarme acerca de la poca visión de los procesadores de palabra para inventar nuevos vocablos. Parece que tienen una fobia terrible hacia los neologismos. Como si no hubiera cosas peores, monstruos más temibles en el infinito y nunca terminado de explorar océano de lenguaje. Siempre consideraremos al autocorrector como un arme de doble filo. Pero bueno lo importante es estar aquí y estar vertiendo letras.
Retomar la escritura y retomar la disciplina. Ahora nos encontramos en un momento en el que parece que hay que vivir mediante principios y fines y siempre en el justo medio. Aristóteles se cuela en nuestras vidas de las maneras más extrañas. Así nos ponemos bajo los dos puntos de vista del límite y el auto-control sobre algo que parece siempre tan nuestro como es el propio cuerpo. ¿Qué sucede cuando algo tan propio, tan particularmente poseído, sentido, percibido, entendido, (sobre)interpretado, y sobre todo, sobre entendido como el cuerpo propio se vuelve extraño? No sólo extraño sino ajeno, destrampado, desatado, salvaje. Ese cuerpo propio que ha alzado la voz después de treinta y dos años para gritar fuerte que está harto del trato que se le ha dado a través del tiempo de los trabajos y los días. A reclamado muy pronto quizá. Al menos nosotros así lo consideramos. Es demasiado pronto para reclamar. Henos recurriendo a los expertos, a los herederos de Hipócrates, a los galenos de como acallarlo. De como dejar a un lado esa señal tan fuerte y contundente de la vida llamada dolor. ¿Cómo retomar el control de algo que ya era nuestro desde tiempo atrás y ha comenzado a revelarse, a mostrarse con su reclamo independiente y con su propia revolución? El cambio es incesante y más en la materia mortal. Muerte y vida constante todo el día y todo el tiempo en esa enorme y compleja máquina aún llena de misterio llamada cuerpo humano. Recordamos que alguna vez nos preguntaron hace muchos años por la forma más simple en definir la materia viva incluyendo a la humanidad y la respuesta fue que al final no somos mas que un conjunto de reacciones físicas y químicas. Hoy en día sería muy difícil estar de acuerdo en reducirnos en esa definición tan cerrada, sin embargo con eso es con lo que estamos lidiando. Causas y consecuencias, acciones y reacciones. Somos un lindo producto químico de la modernidad en muchos niveles. Pero Hegel nos dice que todo lo atraviesa el Espíritu y tiene razón. Con esta batalla químico corporal viene todo el resto de los interpretaciones y hemos descubierto que amamos contemplar las perspectivas que chocan constantemente en este asunto. "El control del sistema también se manifiesta en el control del cuerpo. ¡Rompe con los estándares capitalistas de belleza!" por un lado. Por el otro "Es necesario no acumular más estadísticas y terminar con la tendencia cultural del sobre peso. Ser autodeterminantes con nuestro propio organismo. Elegir un camino diferente." Ambas posturas se muestran como emancipación de una tendencia creciente y común. Y si a eso le adicionamos la opinión de los expertos que lo ponen como un asunto de vida o muerte, podría pensarse que es sencillo decantarse por una de las opciones. ¿Qué pasa cuando se lo planteas a alguien que reflexiona constantemente y a veces ni siquiera conscientemente de manera radical sobre su propia mortalidad? Se enfrentan muchos términos que pueden significar tantas cosas: "vida", "calidad de vida", "muerte", "calidad de muerte", "dolor", "placer". ¿Cómo un sencillo tema corporal puede volverse tan complejo y decantar en una constante decisión por significar varios de esos términos? Henos aquí en la lucha por el complicado arte de la autodeterminación, del autocontrol, de la autodisciplina, de la autoimposición. Una aventura para crear la propia libertad positiva o al menos una bella ilusión de ella. Lo curioso es que está fundada en un constante negar. La vida del asceta es una negación constante. A cualquiera le parecería algo razonable la negación del dolor y algo fuera de lugar  la negación del placer.  Y sin embargo henos aquí tratando de negar el dolor negando el placer bajo principios, fines y términos medios. La justa medida, sin excesos. Disciplina, disciplina, disciplina. Todo por tomar el control de uno mismo y eso que se nos volvió extraño llamado cuerpo con tal de que permanezca lo más funcional posible. Saliendo de una tendencia para ir hacia otra. Saliendo de un control cultural para ir a otro. Al parecer de eso no se tiene salida. O se pertenece a una tendencia o se pertenece a otra. Y siempre se tendrán detractores, en una tendencia se tendrán más que en otra. Modificar la química interna, modificar-se, modera-se, controlar-se, apropiar-se. Parece una meta loable. Pero nunca dejaremos de externar que nos parece tan poco placentero. A favor de la primera postura tenemos que decir que sin duda es un método de control más para extender una existencia de por sí ya maniatada por todas partes por sistemas de control. Al final sólo queda la fe en que valga la pena.
Por otra parte estamos muy motivados por los relatos de ficción. Hacen mucha falta en la vida. Son una gran compañía. Los mundos posibles siempre han sido nuestra salvación y en esta época no ha sido la excepción. Curioso es que el héroe de la que nos ocupa ahora sea un terco disciplinado obsesionado con el deber. ¿Las historias llegan un momento que siempre necesitamos según nuestra situación del momento? Nada podría hablar a favor de una respuesta afirmativa de esto en muchas ocasiones. Sin embargo somos de esos a los que nos gusta responder: quizá.